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24/01/2006
CARTA AL HISTORIADOR CATOLICO
Carta de Su Santidad el Papa León XIII, a los Emínentísimos Cardenales Antonino De Luca, Vice-canciller de la Santa Iglesia Romana, Juan Bautista Pitra, Bibliotecario de la S. I. R., y José Hergenroether, Prefecto de los Archivos Vaticanos, en la cual, descubriendo las malas artes con que los enemigos del nombre cristiano, pretenden desfigurar la historia y los hechos de los Romanos Pontífices, relacionados con los asuntos de Italia, pide que varones probos y versados en este género de disciplinas, a quienes se les abrirán las fuentes de documentos de la Biblioteca Vaticana, se entreguen de lleno a escribir la historia.
LEON PP. XIII
Amados Hijos Nuestros, Salud y Bendición Apostólica.
Habiendo reflexionado con frecuencia, sobre los medios de que más particularmente se valen los que se esfuerzan por lanzar la sospecha y el odio sobre la Iglesia y el Pontificado Romano, hemos llegado a la conclusión de que sus esfuerzos se dirigen con gran violencia y astucia contra la historia del nombre cristiano; sobre todo contra aquella parte que trata de las obras realizadas por los Romanos Pontífices, que están unidas y entrelazadas con los asuntos de Italia. Advertido lo cual por algunos Obispos de nuestro país, llegaron a decir que temblaban no menos ante el pensamiento de los males que de allí ya se siguieron, que ante el temor de los venideros. Porque obran injusta y temerariamente los que se guían más por el odio al Pontificado Romano, que por la verdad de los hechos; y esperan que el recuerdo de los tiempos pasados, teñido por un falso y mentiroso color, venga en ayuda del nuevo orden de cosas en Italia.
Por lo tanto, ya que es propio de Nos, no sólo vindicar los restantes derechos de la Iglesia, sino también proteger su propia dignidad y el honor de la Sede Apostólica contra toda clase de injurias; deseando que triunfe finalmente la verdad y que los ciudadanos de Italia reconozcan de dónde procede tan grande multitud de beneficios como hasta el presente han recibido y recibirán en lo futuro, determinamos, Amados Hijos Nuestros, comunicaros nuestros pensamientos sobre un asunto de tanta importancia y confiar a vuestra prudencia la ejecución de los mismos.
Quien con ánimo tranquilo y libre de prejuicios, considere los grandes hechos e insignes monumentos de la Historia, verá que éstos, por sí mismos, defienden a la Iglesia y al Pontificado, tributándoles espontánea y magnifica alabanza. Porque a través de ellos se puede conocer y contemplar la verdadera naturaleza y grandiosidad de las instituciones cristianas; en ellos se percibe la divina fuerza y virtud de la Iglesia, en medio de las violentas luchas y espléndidas victorias; y ante el testimonio irrefutable de Ios hechos, surgen evidentes los grandes beneficios hechos por los Pontífices Máximos, en favor de todos los hombres, y muy en particular de aquéllos en cuyo territorio la Divina Providencia colocó a la Sede Apostólica.
Por lo cual, a todos aquellos que se esforzaron en zaherir al Pontificado con toda clase de sinrazones y calumnias, les habría sido muy útil no despreciar el testimonio de los grandes hechos de la Historia. Por el contrario, prefirieron mutilarlos y desfigurarlos, y esto con tal arte y pertinacia, que convirtieron en armas para inferir injurias, aquellas mismas que hubieran servido para rechazarlas.
Este sistema de ataque, fué ensayado tres siglos antes, primeramente por los Centuriadores de Magdeburgo; mas como nada pudiesen, siendo éllos los inventores y propagadores de las nuevas opiniones para destruir las defensas de la doctrina católica, impulsaron a la Iglesia al terreno de las disputas históricas, como a un nuevo género de lucha. El ejemplo de los Centuriadores fué imitado por casi todas las Escuelas que se apartaron de la antigua doctrina, y lo que es aún más triste, también por algunos católicos de nacionalidad italiana. Y movidos por aquel propósito que dijimos, se dieron a investigar hasta los más mínimos documentos de la antigüedad, y a examinar los más ocultos rincones de los archivos; se publicaron fútiles fábulas; las calumnias cien veces refutadas, fueron otras tantas renovadas.
Con frecuencia habiendo mutilado o astutamente oscurecido los aspectos fundamentales de los hechos, supieron, con no menor astucia, pasar en silencío las gestas gloriosas y los méritos memorables, mientras se ensañaban cruelmente, persiguiendo y exagerando las menores deficiencias, tanto más difíciles de evitar, cuanto mayor es la debilidad de la naturaleza humana. Más aún, se tuvo por licito investigar hasta algunos secretos de la vida doméstica, con maliciosa sagacidad, extrayendo de allí y publicando todo aquello que era más apto para incitar el escándalo y la burla de la plebe, tan proclive a la murmuración.
Aun aquellos de entre los, Pontífices Máximos, cuya virtud fué más manifiesta, muchas veces fueron tachados de soberbios y vituperados como codiciosos y altivos. Se criticaron los consejos de aquellos otros, cuya gloria, por los hechos realizados, era imposible eclipsar, y se oyó repetir mil veces aquella necia frase, de que la Iglesia no se ha hecho digna del aprecio de los hombres cultos ni de la benevolencia de las gentes. Pero en particular los más acerados dardos de la maledicencia y de supuestos crimenes, fueron arrojados contra el principado temporal de los Romanos Pontífices, instituído no sin consejo divino para defender la libertad y majestad de éstos, habiendo sido fundado con justísimo derecho y siendo ya memorable por sus innumerables beneficios.
Fresco está aún el reciente episodio de Sicilia, en que tomando ocasión de un cruento recuerdo, fué injuriado el nombre de Nuestros predecesores y tratado con agreste crueldad en los discursos, que han quedado consignados en perennes documentos. Lo mismo acaeció poco después al tributarse honores públicos a un ciudadano de Brixen, el cual, no obstante haber sido un ingenio sedicioso y de espíritu adverso a la Sede Apostólica, fué entregado a la posteridad, como varón insigne. Entonces comenzaron a excitarse nuevamente las iras populares y a agitarse las hachas ardientes de los insultos contra los Pontífices Máximos. De ahí que si algo había digno de conmemorarse, lo cual resultase de mucha honra para la Iglesia, al destruir la luz manifiesta de la verdad todos los aguijones de las calumnias..., se trabajó de tal manera, atenuándolo y disminuyéndolo, que sólo se diese a los Pontífices una mínima parte de la alabanza y del mérito debidos.
Pero, lo que es más grave, hasta las mismas Escuelas han sido invadidas por este modo de tratar la historia. Con mucha frecuencia se obliga a los niños a aprender narraciones llenas de falsedades y engaños; con lo cual .se obtiene que, acostumbrados a esto, los alumnos (sobre todo cuando se añade la perversidad y liviandad de los maestros), fácilmente toman fastídio de la veneranda antigüedad e inverecundo desprecio por las cosas y personas más santas y dignas de respeto. Pasados los rudimentos de las letras, no es raro que aumente para ellos el peligro. Pues en el estudio y consideración de las disciplinas superiores, se pasa de la narración de los hechos a la investigación de las causas de los mismos; y de las causas, se procede a la formulación de juicios temerariamente ficticios, que con frecuencia disíenten abiertamente de la doctrina divinamente revelada, y cuyo único propósito es disimular y encubrir todo cuanto pudieron realizar las enseñanzas cristianas, én el decurso de las cosas humanas y en la sucesión de los tiempos, para provecho y salvación de los hombres. No son pocos los que han aceptado ya tales errores, mas con tan escasa crítica, que no han caído en la cuenta de las discrepancias y contradicciones que afirman, ni de las grandes tinieblas con que envuelven a la llamada Filosofía de la Historia. En un.a palabra (para no tratar de todos en particular), dirigen todo su sistema de enseñar la historia, a hacer sospechosa la Iglesia, y odiosos los Pontífices, y sobre todo a persuadir a la multitud, de que el imperio temporal de los Romanos Pontífices, daña a la incolumidad y grandeza de los asuntos de Italia.
Pero nada más falso y contrario a la verdad: causa hasta estupor el ver cómo tales acusaciones, refutadas por tantos testimonios y con tanta fuerza de argumentación, hayan podido parecer verosímiles a muchos. En realidad la historia entregó al recuerdo de la posteridad los grandes méritos del Pontificado Romano, para con Europa y en particular para con Italia, siendo esta última entre todas las demás naciones, como era más fácil y natural, la que recibió de la Sede Apostólica los mayores provechos y ventajas. De entre éstas, recordemos en primer lugar que, gracias al Pontificado, pudieron mantener incólume la concordia y evitar las disidencias en materia religiosa; bien inmenso, ciertamente, para los pueblos; quienes lo poseen, tienen en sus manos una defensa firmísima para la prosperidad pública y doméstica. Y para referirnos a algo en particular, nadie ignora que, después de saqueadas las riquezas de los Romanos, en las terribles incursiones de los bárbaros, fueron los Romanos Pontífices quienes, más que nadie, supieren resistir fortísimamente a los invasores, tanto que, gracias a su consejo y a su constancia en reprimir el furor de los enemigos, ni siquiera una vez se dió el caso de que el suelo italiano fuera castigado con la matanza y los incendios; ni la ciudad de Roma con la devastación y la muerte.
Y cuando los Emperadores de Oriente volvieron sus cuidados y pensamientos hacia otra parte, jamás, en medio de tanta soledad y pobreza, encontró Italia la defensa de sus intereses, sino en los Romanos Pontífices. La insigne caridad de éstos, ayudada por otras causas, logró atenuar en lo posible aquellas calamidades, ya a los comienzos de su principado temporal, cuya mayor gloria consistió ciertamente en haber estado siempre unido con la mayor utilidad común; pues el dispensar toda la mejor atención y benevolencia, cual lo hizo la Sede Apostólica, y el dar a los asuntos civiles la eficacia de su poder, y el cargar simultáneamente con las más grandes preocupaciones de la ciudad, es algo que merece perenne gratitud, ya que la libertad y las oportunidades necesarias, dadas por el principado civil, hicieron posible la realización de ingentes obras de todo género.
Más aún, como la conciencia de su oficio impulsase a Nuestros predecesores a defender los derechos de su imperio contra la avaricia de los enemigos, tuvieron también que rechazar no pocas veces la dominación extranjera en gran parte de Italia. Algo semejante se vió también en épocas más r recientes, cuando la Sede Apostólica no se doblegó a las armas vencedoras del máximo Emperador, sino que exigió de los Reyes aliados la devolución de todos los derechos a su principado.
Recordemos igualmente aquellas otras ventajas obtenidas por el pueblo italiano, cuando los Romanos Pontífices, con toda libertad, resistieron a la .voluntad injusta de los príncipes, y cuando aunadas por ellos las fuerzas de Europa, se opusieron con insigne fortaleza a las bárbaras acometidas de los Turcos, que amenazaban con sus continuos atropellos. Dos colosales batallas fueron emprendidas y ganadas, gracias al trabajo y a los auspicios de la Sede Apostólica, habiendo sido derrotados los enemigos del nombre italiano y católico; una en el campo de Milán, la otra junto a las islas Curzolares. La fuerza y la gloria naval de Italia continuó, por consejo de los Pontífices, las expediciones comenzadas en Palestina; y de la sabiduría de los Pontífices recibieron sus leyes, su vida y su estabilidad, las instituciones públicas del pueblo. Es también gloria de la Sede Apostólica, en gran parte, la conquistada por el nombre italiano en el terreno de las letras y de las Artes. Fácilmente habría perecido la literatura de los Romanos y Griegos, de no haber salvado como de un naufragio los restos de tantas obras, los Pontífices y los Clérigos.
Las obras realizadas en la ciudad de Roma hablan muy alto en su favor. Los nuevos Museos y las Bibliotecas que acaban de surgir, gracias al concurs6 de eminentes artífices; las Escuelas abiertas para enseñanza de la adolescencia; los grandes Liceos munificentísimamente fundados; he ahí las razones por las cuales Roma llegó a tan alta gloria, que es tenida, en la común opinión de los hombres, como la madre de las Bellas Artes. Todo esto y muchas otras cosas, son por sí mismas tan claras y evidentes, que el llamar al Pontificado o al principado temporal de los Pontífices enemigo del nombre italiano, equivale a mentir y negar las cosas más obvias y manifiestas. Engafiar a sabiendas es un proceder criminal; como también lo es el convertir a la historia en un dafíoso veneno.
Pero, mucho más reprensible es esto en hombres católicos, y aún más en los nacidos en Italia, a quienes más que a los otros, si es que tienen un corazón agradecido, debiera moverlos el honor de su religión, y el amor a la patria, no sólo a la afición, sino también a la defensa de la verdad. Pues es indigno que, mientras muchos de entre los mismos Protestantes, dotados de buen ingenio y recto juicio, han depuesto ya gran parte de sus prejuicios, e impulsados solamente por la fuerza de la verdad, no dudan en elogiar al Pontificado Romano, como portador de la cultura y de otras grandes ventajas para la República, haya muchos católicos que hagan lo contrario. Católicos, que prefieren lo adventicio en las ciencias históricas, buscan .a los escritores extraños más adversos a las instituciones católicas, y de tal manera los siguen y aprueban que rechazan a nuestros mejores historiadores, a los que supieron escribir la verdadera historia, sin apartarse por ello del amor a la patria, ni de la gratitud y amor a la Sede Apostólica.
Apenas es creíble además, cuán enorme. sea el mal de esa historia servil, que sólo rinde vasallaje a las tendencias partidarias y a los múltiples caprichos de los hombres. Porque entonces deja de ser maestra de la vida y luz de la verdad, como dijeron los antiguos con todo acierto que debiera ser, y se convierte en vil aduladora de los vicios y en vehículo de corrupción, principalmente para los jóvenes, cuyas mentes llenará de peligrosas opiniones, apartando luego sus ánimos de la honestidad y de la modestia. Pues la historia hiere con sus atractivos los prematuros y ardientes ingenios; los jóvenes asimilan con ansias y retienen profundamente grabada por mucho tiempo en el alma la imagen que se les presenta de la antigüedad, no menos que el recuerdo de los hombres que parecen revivir ante sus ojos a través de‑ la narración histórica. Y así una vez bebido, desde los tiernos años, el veneno, apenas será posible encontrar el remedio que lo neutralice, cuando ello no sea del todo imposible. Pues no es del todo fundada aquella esperanza, de que con la edad tendrán un juicio más recto, al olvidar lo que en un principio aprendieron, ya que son muy pocos los que se dedican después a profundizar concienzudamente la historia; y al llegar a la edad madura, quizá encontrarán en la vida cotidiana más motivos para confirmar que para corregir sus errores.
Por lo cual, es de urgencia impostergable salir al encuentro de tan inminente peligro, y procurar por todos los medios posibles que el arte histórico, tan noble por otra parte, no siga por más tiempo convirtiéndose, en instrumento de tan enormes males públicos y privados. Conviene que varones probos y profundamente versados en esta clase de disciplinas, trabajen de lleno en escribir la historia, con tal propósito y con tal método, que aparezca lo que es verdadero y sincero, y queden docta y oportunamente refutados los injuriosos crímenes que desde hace bastante tiempo se vienen propalando contra los Romanos Pontífices. Opóngase pues a la narración vana y sin contenido serio, el trabajo y la madurez de la investigación; a la temeridad de las afirmaciones, la prudencia del juicio; a la ligereza de opiniones, una sabia selección de argumentos.
Hay que esforzarse grandemente, por que se refuten todas las mentiras y falsedades, acudiendo para ello a las fuentes mismas de los hechos. Y deben advertir los escritores, ante todo, y. tener muy presente que, la primera ley de la historia es no atreverse a decir cosa alguna que sea falsa, y luego no temer jamás el decir lo que sea verdadero, a fin de que no haya contra el escritor sospecha alguna de afecto ni de odio (1). Es además necesario redactar textos y comentarios ‑para las Escuelas, con los que, salva la verdad y sin peligro alguno de los jóvenes adolescentes, se pueda ilustrar y aun fomentar el mismo arte histórico. Para esto, una vez terminadas las obras que requieren mayor trabajo y que habrán sido redactadas a la luz de los documentos que se tienen por ‑más ciertos, bastará después entresacar lo principal de ellas y escribirlo clara y brevemente; asunto por cierto no difícil, pero que será de gran utilidad y dignísimo por tanto de que en él se ocupe aun la ciencia de excelentes ingenios.
No es esta palestra nueva ni reciente; más aún, están marcados en ella no pocos vestigios de varones eminentes. Puesto que la Iglesia cultivó asiduamente desde un principio la ciencia histórica, propia de asuntos tanto sagrados como profanos, según el juicio de los antiguos. En medio de aquellas cruentas tempestades que sobrevinieron en los comienzos del nombre cristiano, se conservaron incólumes numerosas actas y documentos de la época. Y así, cuando brillaron tiempos más tranquilos, comenzaron a florecer en la Iglesia los estudios de los historiadores; Oriente y Occidente vió los doctos trabajos de este género, los de Eusebio Pánfilo, Teodoreto, Sócrates, Sozomeno y tantos otros. Y después de la caída del Imperio Romano, cuando la historia, como las demás artes humanas, no encontró *más refugio que los monasterios, fueron los eclesiásticos los únicos que la cultivaron. De tal manera que si los religiosos no hubiesen pensado en escribir los anales, apenas tendríamos noticias de un largo período de la historia,
(1) Según la frase de Cicerón: "primam esse historiac legem no quid falsi dicere audeat: deinde no quid veri non audeat; no qua suspicio gratiao sit in seribendo, no qua simultatis".
ni aun siquiera de las cosas civiles. De los más recientes, baste conmemorar n aquellos dos escritores que nadie ha superado: Baronio y Muratori primero juntó a una increíble erudición, la fuerza de su ingenio y la sutileza de su juicio; el segundo, aunque en sus escritos se encuentran "muchas cosas dignas de censura" (2), con todo reunió tanto material de documentos para ilustrar los hechos y vicisitudes de Italia, que nadie lo ha superado hasta ahora. Muchos otros esclarecidos y grandes varones pudieran fácilmente afiadirse a éstos, entre quienes Nos es muy grato recordar al Card. Angel Mai, gloria y ornamento de vuestro noble Orden.
El gran Doctor de la Iglesia, San Agustín, excogitó antes que nadie y llevó a cabo el arte filosófico de la historia. Los posteriores que en este punto realizaron algo digno de mención, tuvieron al mismo Agustín como maestro y guía, con cuyos comentarios y escritos cultivaron diligentemente su ingenio. A los que, por el contrario, se apartaron de las huellas trazadas por tan esclarecido varón, los alejó también de la verdad una multitud de errores, pues distraídos sus espíritus en los caminos y bullicios de las ciudades, carecieron de aquella verdadera ciencia de las causas, en que están contenidas las cosas humanas.
Por tanto, si la Iglesia, en el recuerdo de todos, mereció siempre bien de las ciencias históricas, merézcalo también ahora, ya que a conquistar Igual gloria la impelen las mismas circunstancias de los tiempos. Pues como sus enemigos suelen buscar en la historia, según ya dijimos, las hostiles flechas que han de dirigir contra la Iglesia, es necesario que ella pelee con las mismas armas y que por donde es más furiosamente atacada por allí se fortifique con mayor empeño, para rechazar los ataques.
Con esta intención dijimos en otra oportunidad que Nuestros Archivos estaban abiertos, en cuanto se puede, para proveer de armas a la religión y a las buenas artes; y hoy igualmente decretamos que preste todos los oportunos auxilios nuestra Biblioteca Vaticana para realizar las obras históricas de que hablamos. No dudamos, Amados Hijos Nuestros, que la autoridad de vuestro oficio y el prestigio de vuestros méritos, fácilmente atraerá a vuestro alrededor varones doctos y experimentados en el arte de la historia, a quienes muy bien podréis asignar su determinado trabajo, según las habilidades de cada uno, conforme a leyes concretas que han de ser sancionadas por Nuestra autoridad. A cuantos unirán su estudio y su trabajo con el vuestro en esta causa, mandamos ‑estar con ánimo sereno y tranquilo, y confiar en Nuestra singular benevolencia; pues se hace una cosa digna de nuestras aficiones y patrocinio; la cual, ciertamente, tenemos grandes esperanzas que ha de ser de verdadera utilidad.
Pero para probar con firmes argumentos, es necesario desprenderse del deseo de imponer la propia opinión; la verdad, por sí misma, superará y quebrantará los ataques, desde tiempo ‑ha dirigidos contra la misma verdad, la cual podrá ser obscurecida por algún tiempo, pero no extinguida.
(2) Benedicto XIV. Carta del 31 de Julio de 1748 al Supremo Inquisidor de España.
Y ojalá se exciten cuantos más sea posible con el deseo de investigar la verdad, y así descubran útiles documentos para el futuro. Pues en cierta manera clama toda la historia, que es Dios quien rige providentisimamente los diversos y perpetuos movimientos de las cosas humanas, y que, El los convierte, aun en contra de la voluntad de los hombres en incremento de su Iglesia. Clama igualmente que siempre salió vencedor el Pontificado Romano do las luchas y de la violencia; que sus impugnadores, perdida toda esperanza, se prepararon su propia perdición. Ni menos abiertamente atestigua la historia que fue previsto por el cielo, ya desde un principio, lo que llegaría a ser la ciudad de Roma, esto es: domicilio y sede perpetua de los sucesores de S. Pedro, que desde allí, como de un centro, gobernarían a la universal República cristiana, no sujetos a ninguna potestad. Y que nadie se atrevió a rechazar esta determinación de la divina Providencia, sin que tarde o temprano sintiese ser vanos sus intentos.
Esto es lo que se puede contemplar, como colocado en un ilustre monumento, confirmado por el testimonio de 20 siglos; ni hay que pensar que lo que vendrá en lo futuro, será distinto de lo pretérito. Ahora, ciertamente, se atreven a dirigir toda clase de hostilidades, contra el Pontificado Romano, las poderosas sectas de los enemigos de Dios y de su Iglesia, llevando la guerra contra su misma Sede. Con lo cual pretenden debilitar las fuerzas‑y disminuir la sagrada potestad de los Romanos Pontífices; más aún, suprimir si posible fuera, el mismo Pontificado.
Las cosas que aquí pasaron después de la caída de la Urbe, y las que actualmente pasan no permiten dudar acerca de las intenciones que llevaban los que se presentaron como los constructores y directores de los asuntos públicos. A estos se plegaron muchos otros, tal vez no con la misma intención, pero sí con deseos de levantar y engrandecer la República. Así creció el número de los que luchaban contra la Sede Apostólica; y el Romano Pontífice cayó en aquella mísera condición que los católicos unánimemente deploran. Pero a aquellos les sobrevendrá lo mismo que a sus predecesores, quienes venían con el mismo propósito y con igual audacia.
Por lo que toca a los italianos, esta vehemente lucha contra la Sede Apostólica, que injuriosa y temerariamente han comenzado, ha de acarrearles ingentes daños, tanto dentro como fuera del país. Para excitar los ánimos de la multitud y enajenar sus voluntades, se ha dicho que el Pontificado se opone a la prosperidad de Italia. Pero todo lo que arriba dejamos dicho, refuta suficientemente toda esta inicua y tonta recriminación. A pesar de todo, el Pontificado será para los ciudadanos italianos en lo venidero, lo mismo que fue antes: benévolo y saludable; porque ésta es su constante e inmutable naturaleza: merecer bien y ser de provecho para todos. Por esto, no es propio de hombres que buscan el provecho público, privar a Italia de esta máxima fuente de beneficios; ni es digno de los italianos unir su causa a la de aquellos que en ninguna otra cosa piensan, si no es en la perdición de la Iglesia.
Del mismo modo, no conviene ni es prudente consejo el luchar contra aquella potestad, de cuya perpetuidad sale fiador el mismo Dios, y cuyo testigo es la historia; y como la veneran religiosamente los católicos de todo el orbe, importa a los ciudadanos de Italia el defenderla con todo género de cuidados; es asimismo necesario que la reconozcan y estimen los magistrados de las naciones, principalmente en estos tiempos tan azarosos, cuando hasta los mismos fundamentos en que se basa la sociedad humana parecen vacilar. Si, pues, todos aquellos en quienes hay un verdadero amor a la patria, entendiesen y penetrasen la verdad,' debieran poner su cuidado y esmero, en remover principalmente las causas de esta funesta discordia, y satisfacer, como es justo, a la Iglesia católica que tan razonablemente pide y solicita sus derechos.
Finalmente, nada deseamos más intensamente que cuanto hemos recordado, as! corno queda consignado en documento escrito, así se adhiera profundamente en los ánimos de los hombres. En lo cual, propio es de vosotros, Hijos Nuestros muy amados, poner cuanto mayor, cuidado e industria os sean posibles. Para que vuestro trabajo, pues, y el de aquellos que con vosotros trabajaren sea más fecundo, amantísimamente os impartimos en el Señor la bendición apostólica, para vosotros y para ellos, como augurio de celeste protección.
LEON PP XIII
HISTORIA DE LA IGLESIA: MISIONEROS
UN MISIONERO BETHARRAMITA ENTRE
LAS TRIBUS PUELCHES
-BREVE ACERCAMIENTO A LA OBRA EVANGELIZADORA DEL PADRE SIMON GUIMÓN-
* Por Héctor José Iaconis
“Fueron entonces de pueblo en pueblo anunciando
la Buena Noticia...” (Lc. 9, 6).
INTRODUCCION
Extensa y sumamente rica es la historia de la congregación de Sacerdotes y Hermanos del Sagrado Corazón de Betharram en la República Argentina. Por doquier, pueden observarse acontecimientos relevantes entre los se destacaron los religiosos: docentes de encumbrada formación intelectual, y misioneros comprometidos íntegramente en la construcción del Reino.
El martes 4 de noviembre de 1856, ocho hijos de San Miguel Garicoïts desembarcan en de Buenos Aires. Eran los primeros betharramitas que surcaban el Río de la Plata, invitados por monseñor Mariano José de Escalada Bustillo y Cevallos -a la sazón obispo de ese puerto-, para asistir espiritualmente a la colectividad vasca. Padres Simón Guimón, Didacio Barbé, Luis Larrouy, Juan Bautista Harbustán, y Pedro Sardoy; hermanos Damián y Juan Arostegui; estudiante Juan Magendie son quienes que, a imitación de Cristo, atravesaron el océano para guiar el rebaño.
Del primero nos ocuparemos, tan siquiera brevemente, considerando su magno aporte como misionero intentando evangelizar a los indígenas de la tribu del Cacique Cipriano Catriel.
“Los Padres Bayoneses se echaron a misionar también por los
pueblos de la a provincia; donde en el curso de los cinco prime-
ros años organizaron de treinta misiones”(1).
A este le seguirán , décadas después, otros religiosos de Betharram cuyas correrías apostólicas no serán menos relevantes, que merecerían un estudio aparte:
* Enrique Cescas (1840-1888), quien -desde julio de 1874- misionó en los dominios de Coliqueo (Tapera de Díaz, hoy Los Toldos, junto al padre Jorge María Salvaire (vicentino).
* Francisco Laphitz (1832-1905), sacerdote de gran celo, realizó importantes misiones en Montevideo, en la provincia de Buenos Aires, y en Asunción del Paraguay, donde le fue ofrecido el episcopado, que rehusó.
Gracias a los textos del padre Mieyaa, es factible conocer la crudeza a que debían someterse quienes emprendían ese difícil camino. A esas horas, el paisaje del desierto solo les ofrecía desolación, hambre y el martirio.
Ya San Miguel, les había advertido, “no lo olvidemos: como religiosos, estamos consagrados a la piedad, a la caridad, a la obediencia (...); como apóstoles, debemos abrazar una vida de sacrificios”(2).
Aún frente a los contratiempos, ante los peligros, y la hostilidad de muchos, los misioneros de Betharram respondían con humildad, pobreza y generosidad.
Un piadoso ardor interior les propulsaba a seguir. El objetivo les era claro, pues a través de San Miguel, había nacido “de la contemplación del corazón misionero de Cristo”(3): “Tu no has querido sacrificio ni oblación; en cambio me has dado un cuerpo... Entonces dije: Aquí Estoy; yo vengo para hacer, Dios, tu voluntad” (Hb. 10, 5-7).
EL MISIONERO
Breve cronología biográfica
1794: Nace, el padre Guimón, en Barcus, aldea vasca de Francia. Llamado al estado sacerdotal, estudia en los seminarios de Aires y de Dax.
1821: Ordenado presbítero, en abril, es nombrado vicario de su pueblo natal.
1822: Ingresa, como misionero, en la congregación de Hasparren.
1830: Es suprimida la congregación de Hasparren. El obispo de Bayona, monseñor d’ Arbou, lo designa catedrático de Teología Moral, en el Seminario de Betharram, donde contrae gran amistad con San Miguel.
1834: Debido a que, el obispo, llama a los alumnos de Filosofía a Bayona, éste quédase sin alumnos.
1835: En octubre, ingresa en la sociedad de sacerdotes fundada por San Miguel.
1836: Vive con los fundadores de la Sociedad de la Inmaculada Concepción -en Garaison- durante tres meses, para enseñarles a practicar la vida religiosa.
1854: El 16 de octubre, es aprobada, por asamblea general de los Padres de Betharram, la misión en América Meridional.
1856: El 31 de agosto, en el velero “Etincelle”, parte hacia el Río de la Plata.
1861: El 22 de mayo, muere en Buenos Aires.
1872: Sus restos son exhumados del cementerio de la Recoleta, para ser sepultados definitivamente en el cementerio del Calvario, en Betharram(4).
“Cazador de almas”(5)
Andaba siempre el Padre Guimón preocupado por la salvación del prójimo. Jamás olvidaba, cual solía decir, su oficio de “cazador de almas”. Era el suyo un corazón verdaderamente devorado por la pasión del bien.
Por los caminos, en carruajes, pensaba en reconciliar con Dios a los viajeros. Muy a menudo, durante sus viajes iba a sentarse junto al postillón. Pretextaba su necesidad de ir al aire libre para predicar al conductor.
El padre Pedro Estrate, quinto superior general de los Padres de Betharram, conservaba el recuerdo de un vecino de su pueblo, convertido: “Joven, entregado al vicio, fue vencido por la gracia a los pies del Padre Guimón. Desde entonces, confesábase semanalmente y todos los domingos y días de fiesta iba a comulgar durante la misa cantada de las diez”.
Durante el trabajo siempre estaba rezando. Nunca perdía de vista la presencia de Dios. Hablaba familiarmente con el Divino Salvador, ofreciéndole todos sus trabajos y penas, con alegría y santa devoción.
LAS MISIONES EN BUENOS AIRES
A poco de llegar de Europa, es muy reconocida la promisoria tarea del padre Guimón en favor de la salvación de las almas.
Además del cuidado espiritual de los inmigrantes vascos, es invitado a predicar en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced, y pronto también lo hará en la de San José.
Pero su principal proyecto era la extensión de la Doctrina hacia aquellas regiones de la provincia, donde primaba el paganismo; o hacía estragos, el ya manifiesto, liberalismo masónico extremista.
En marzo de 1857, parte a Dolores, para continuar en Chascomús y Ranchos. Entre enero y febrero del año siguiente recorrerá Mercedes, Luján, Chivilcoy, Navarro, Lobos y Cañuelas; y mas adelante, hará lo propio en Morón, Barracas, Avellaneda, y Quilmes(6).
Mucho había andado en su terruño y fuera de él, por ello, poseía sólida experiencia, que le facilitó insertarse en una realidad socio-cultural que mucho distaba de la suya.
Los grandes esfuerzos que demandaba llevar los sacramentos y la palabra evangélica a tales latitudes, no siempre permitía obtener buenos resultados. A menudo hallaban ingratitud, indiferencia e incomprensión de las autoridades de campaña.
ENTRE LA TRIBU DE CATRIEL
Tras el derrocamiento de Rosas (3 de febrero de 1852), el interior de la provincia de Buenos Aires vivía un estado de tensión. Debían transcurrir poco mas de un lustro, para la organización definitiva de la institución política nacional.
En teoría, la frontera con el aborigen estaba delimitada por el Río Salado. Fuera de ella, reinaban, por así decirlo, las tribus de varios caciques, entre los que destacabase Juan Calfucurá.
Entonces los Catriel, eran jefes de los toldos ubicados en el actual territorio de Azul, y habían -alrededor de 1855- negociado su amistad con el gobierno.
Era notoria la necesidad de enviar misioneros con los “indios amigos”, para lograr su conversión a la fe cristiana.
Así lo entendió monseñor de Escalada Bustillo, solicitando a los religiosos betharramitas “emprendan la evangelización de los indios”(6).
Hacia el Sur: las entrevistas con el cacique
Cerca de enero de 1859, el padre Guimón, asistido por los padre Harbustán y Larrouy, se internaron en Azul después de 80 leguas de viaje.
Mucho le atraían esa almas. Oraba incesantemente por ellas y pedías a loa otros que lo hicieran.
Allí mantuvo tres entrevistas con Catriel. La primera fue halagüeña, mostrándose -el cacique- solícito para atender los requerimientos (7).
En la segunda, expuso los proyectos de acción evangelizadora:
“Somos extranjeros. Hemos consentido el sacrificio de abandonar
nuestro país, nuestros parientes y amigos, con el solo fin de dar a
conocer la verdadera religión... ¿No tendría el cacique el deseo deser instruido en ella?”.
“-¿Por lo menos negaría el permiso de enseñarla a la gente de la tribu y especialmente a los niños?”(8).
La total negativa
Todo hacía suponer la afirmativa respuesta del cacique. Sin embargo, después de consultar al adivino y a los demás jefes -el primero mostró la negativa- durante la tercer entrevista, respondió:
“No queremos recibirlo mas en adelante, ni siquiera una vez, aunque fuera solo para satisfacción de su curiosidad”(9).
Aunque, debido a la hostilidad que demostraron los indígenas, el misionero debió regresar a Buenos Aires, sin un aparente buen éxito; su misión sirvió para que -años mas tarde- otros intentaran igual acción. Es indudable que el padre Guimón fue quien abrió el camino, para que -el 25 de enero de 1874- los padres Meister y Salvaire (lazaristas) comiencen a la tarea añorada : catequizar, impartir los sacramentos y fundar escuelas entre los puelches de Catriel(10).
NOTAS(1) Cayetano Bruno sdb., Historia de la Iglesia en la Argentina, Buenos Aires, Editorial Don Bosco, 1975, t. XI, p. 303.
(2) Augusto Etchecopar, Pensamientos del Beato Miguel Garicoïts, con introducción del R.P. Pedro Mieyaa, Buenos Aires, Editorial F.V.D., 1943, p. 232.
(3) Tobias Sosio scj., “La dimensión misionera de San Miguel Garicoïts desde la perspectiva de América Latina”, en Identidad. Misión de una familia, Betharram, julio-1997, p. 66.
(4) Pierre Mieyaa, Le pere Guimon, Betharram, Campagnon de Saint-Michel Garicoïts, 1974, p. 132.
(5) “Vida y fisonomía de un apóstol. El R.P. Simón Guimón”, en F.V.D., revista mensual ilustrada, Buenos Aires, vol. XV, número especial, octubre de 1935, p. 412.
(6) Ibídem, pp. 414 - 415.
(7) Pedro Mieyaa, El Beato Miguel Garicoïts Fundador de los Padres Bayoneses, Buenos Aires, s.e., 1942, p.376.
(8) No se conservan, al menos en Argentina, relación escrita de estas entrevistas.
(9) Mieyaa, Op. cit., p. 379 ss.
(10) Ibídem.
(11) Bruno, a.c., La Iglesia en la Argentina. Cuatrocientos años de Historia, Buenos Aires, Centro Saleciano de Estudios, Estudios Proyectos Nº 10, 1993, p. 625. Cfr. Juan Antonio Zuretti, Historia Eclesiástica Argentina, Buenos Aires, Editorial Huarpes, 1945, pp. 275 y 287.
HISTORIA DE LA IGLESIA EN 9 DE JULIO
LA HEURISTICA, EN EL ESTUDIO DE LA HISTORIA ECLESIÁSTICA DE 9 DE JULIO
-Breves consideraciones generales-
Por Héctor José Iaconis
Ciertamente, la historia de la Iglesia en el Partido de Nueve de Julio es sumamente rica en acontecimientos, por demás significativos, a los que están ligadas figuras ejemplares, tanto de consagrados, como de sacerdotes y laicos.
Con relativa frecuencia salen a la luz interesantes trabajos sobre la temática en cuestión, generalmente circunscriptos, por así decirlo, a un entramado más anecdótico que fehaciente.
Ocurre, pues, que la historia eclesiástica es un área del conocimiento que no puede limitarse solo al estudio fáctico, del hecho en sí -estructura fundamental de todo relato-; mas, descontando la inexpugnable contextualización temporal, debe tenerse particular cuenta que, en este orden, todo suceso está íntimamente ligado al proyecto salvífico de Dios: la Iglesia es Cuerpo místico de Cristo(1).
"La historia de la Iglesia -sugiere el Papa León XIII- es como un espejo donde resplandece la vida de la Iglesia […]. Mucho mejor aún que la historia civil […], demuestra aquella la soberana libertad de Dios y su acción providencial sobre la marcha de los acontecimientos. Los que la estudian, no deben nunca perder de vista que ella encierra un conjunto de hechos dogmáticos que se imponen a la fe […]. Esta idea directiva y sobrenatural que preside los destinos de la Iglesia es, al mismo tiempo, la llama cuya luz ilumina la historia"(2).
Hubert Jedin, director del acreditado “Manual de Historia de la Iglesia”, entiende que, "en su conjunto, la historia de la Iglesia sólo puede ser comprendida dentro de la historia sagrada; su sentido ultimo sólo puede integrarse en la fe. La historia de la Iglesia es la continuación de la presencia del Logos en el mundo (por la predicación de la fe) y la realización de la comunión con Cristo con Cristo por parte del pueblo de Dios del Nuevo Testamento (en el sacrificio y sacramento), realización en que cooperan a la vez misterio y carisma"(3).
Historia de la Iglesia, "es -según Alvarez Gómez- la ciencia que investiga y expone, en su nexo causal, el progreso interno y externo de aquella Sociedad [sic] fundada por Cristo y dirigida por el Espíritu Santo a fin de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de la Redención"(4).
Pero, como disciplina científica, parte indispensable para el estudio de la Teología, debe sistematizarse en un método histórico, cuya aplicación es caracterizada por distintos autores.
El uso, insustituible, de las fuentes
Ante esto, cobra vital importancia el uso de las fuentes. El investigador no podrá sustraerse de aquello que certifique la autenticidad de las afirmaciones; y ante las opiniones e interpretaciones, si se quiere aclaratorias, propondrá aquello que no se contraponga a la aplicación de un método científico.Para Jedin, el uso de las fuentes históricas, ocupa el primer estadio metodológico: "Como cualquier otra historia, la historia de la Iglesia depende también de sus fuentes, y solo puede afirmar o negar acerca de acontecimientos y situaciones del pasado eclesiástico lo que halla en las fuentes rectamente interpretadas. Las fuentes […] han de ser buscadas […]; ha de examinarse su autenticidad, han de editarse en textos seguros y ha de investigarse su fondo o valor históricos. El primer fin de la investigación histórica así practicada es la fijación de las fechas y hechos históricos […], sin cuyo conocimiento resulta incierto todo paso adelante […], cuando no degenera en construcción sin fundamento". Y agrega, "por la indagación y elaboración crítica de las fuentes ha alcanzado la historia de la Iglesia, desde el siglo XVI, categoría científica"(5).
Álvarez Gómez afirma que, "como en cualquier otra rama de la Historia", el método utilizado por la historia eclesiástica, tiene la característica de ser Critico, desde el punto de tender a "examinar rigurosamente las fuentes, según las técnicas propias de la crítica interna y externa"(6).
La clasificación y jerarquización de estos sustentos demandará, quizá, la mayor parte de la primera etapa de la investigación.
La clasificación de las fuentes(7)
En general, las fuentes que testimonian el pasado de la iglesia, pueden agruparse:▪ Por su forma → Orales, figuradas y escritas.
▪ Por su origen → Divinas y humanas.
▪ Por el tiempo → Contemporáneas, próximas y remotas.
▪ Por el autor → Auténticas, apócrifas y anónimas.
▪ Por su carácter social → Públicas y privadas.
Las fuentes en la dimensión de los archivos locales
Dentro de las denominadas fuentes escritas, sabemos, es sumamente rico el caudal de algunos archivos locales, eclesiales y estatales, en este sentido. Aunque no se niega que, para ciertas materias específicas, el investigador experimenta una cierta insuficienciencia documental, pues no son pocos los justificantes inéditos perdidos.Es importante determinar, si bien a manera de general, el contenido temático de los repositorios locales, y su relación con la investigación de la historia eclesiástica:
▪ archivos municipales:
→ Correspondencia intercambiada por el clero con el Poder público.
→ Decretos y ordenanzas promulgados en relación con el culto.
→ Estadísticas generales.
→ Expedientes sobre la construcción y mantenimiento de edificios; y sobre otros asuntos temporales.
▪ archivos parroquiales:
→ Libros de Partidas de Bautismo, Matrimonios y Defunción (hasta 1889).
→ Circulares y notas directivas enviadas por la Curia Eclesiástica.
→ Expedientes matrimoniales (reservados).
→ Libros de Fábrica.
→ Libros de Autos de Visitas Episcopales (reservados para algunos años).
→ Cartas pastorales de los obispos.
→ Libros de actas y registros de las asociaciones piadosas parroquiales.
Naturalmente a estos debe incluirse el acervo de los archivos curiales y de otras instituciones privadas.
Los primeros, cuya organización archivística, generalmente, es por demás meritoria, reúnen parte importante del patrimonio histórico de la Iglesia particular. En muchos casos se encuentran clasificados topográfica y genéricamente en sendos catálogos, muchos ya informatizados.
Las congregaciones de Vida Religiosa, conservan también profusa documentación. Aunque, en casos particulares, la más antigua se halla en los archivos de comunidades donde residen las autoridades generales, provinciales, o sus respectivos consejos.
Sobre las fuentes custodiadas por instituciones eclesiales, existen normativas comunes para regular su consulta, según los períodos cronológicos a que correspondan.
NOTAS
(1)"[…] para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo […] nada hay más noble, nada más excelente, nada más divino que aquella frase con que se le llama «el Cuerpo místico de Cristo» […]".PIO XII, “Carta Encíclica sobre el Cuerpo místico de Jesucristo y nuestra unión con el con Cristo”, 1943.
(2) LEON XIII, Enc. "Depuisle jous", dirigida al episcopado francés, 8-IX-1899, Enseñanzas Pontificias - 4 (Abadía de San Pedro de Solesmes), La Iglesia, Buenos Aires, Paulinas, vol. I, p. 453.(3) HUBERT JEDIN, "Introducción a la Historia de la Iglesia", en “ Manual de Historia de la Iglesia”, Barcelona, Herder, 1966, t. I, p. 32.
(4) JESÚS ÁLVAREZ GÓMEZ cmf., “Manual de Historia de la Iglesia”, Madrid, Publicaciones Claretianas, 1987, p. 4.
(5) JEDIN, op. cit., p. 30.(6) ÁLVAREZ GÓMEZ, op. cit.
(7) Ibídem, p. 7.25/01/2006
CARTA SOBRE LA INVESTIGACION DE LA HISTORIA Y EL HISTORIADOR CATOLICO

Carta de Su Santidad el Papa León XIII, a los Emínentísimos Cardenales Antonino De Luca, Vice-canciller de la Santa Iglesia Romana, Juan Bautista Pitra, Bibliotecario de la S. I. R., y José Hergenroether, Prefecto de los Archivos Vaticanos, en la cual, descubriendo las malas artes con que los enemigos del nombre cristiano, pretenden desfigurar la historia y los hechos de los Romanos Pontífices, relacionados con los asuntos de Italia, pide que varones probos y versados en este género de disciplinas, a quienes se les abrirán las fuentes de documentos de la Biblioteca Vaticana, se entreguen de lleno a escribir la historia.
LEON PP. XIII
Amados Hijos Nuestros, Salud y Bendición Apostólica.
Habiendo reflexionado con frecuencia, sobre los medios de que más particularmente se valen los que se esfuerzan por lanzar la sospecha y el odio sobre la Iglesia y el Pontificado Romano, hemos llegado a la conclusión de que sus esfuerzos se dirigen con gran violencia y astucia contra la historia del nombre cristiano; sobre todo contra aquella parte que trata de las obras realizadas por los Romanos Pontífices, que están unidas y entrelazadas con los asuntos de Italia. Advertido lo cual por algunos Obispos de nuestro país, llegaron a decir que temblaban no menos ante el pensamiento de los males que de allí ya se siguieron, que ante el temor de los venideros. Porque obran injusta y temerariamente los que se guían más por el odio al Pontificado Romano, que por la verdad de los hechos; y esperan que el recuerdo de los tiempos pasados, teñido por un falso y mentiroso color, venga en ayuda del nuevo orden de cosas en Italia.
Por lo tanto, ya que es propio de Nos, no sólo vindicar los restantes derechos de la Iglesia, sino también proteger su propia dignidad y el honor de la Sede Apostólica contra toda clase de injurias; deseando que triunfe finalmente la verdad y que los ciudadanos de Italia reconozcan de dónde procede tan grande multitud de beneficios como hasta el presente han recibido y recibirán en lo futuro, determinamos, Amados Hijos Nuestros, comunicaros nuestros pensamientos sobre un asunto de tanta importancia y confiar a vuestra prudencia la ejecución de los mismos.
Quien con ánimo tranquilo y libre de prejuicios, considere los grandes hechos e insignes monumentos de la Historia, verá que éstos, por sí mismos, defienden a la Iglesia y al Pontificado, tributándoles espontánea y magnifica alabanza. Porque a través de ellos se puede conocer y contemplar la verdadera naturaleza y grandiosidad de las instituciones cristianas; en ellos se percibe la divina fuerza y virtud de la Iglesia, en medio de las violentas luchas y espléndidas victorias; y ante el testimonio irrefutable de Ios hechos, surgen evidentes los grandes beneficios hechos por los Pontífices Máximos, en favor de todos los hombres, y muy en particular de aquéllos en cuyo territorio la Divina Providencia colocó a la Sede Apostólica.
Por lo cual, a todos aquellos que se esforzaron en zaherir al Pontificado con toda clase de sinrazones y calumnias, les habría sido muy útil no despreciar el testimonio de los grandes hechos de la Historia. Por el contrario, prefirieron mutilarlos y desfigurarlos, y esto con tal arte y pertinacia, que convirtieron en armas para inferir injurias, aquellas mismas que hubieran servido para rechazarlas.
Este sistema de ataque, fué ensayado tres siglos antes, primeramente por los Centuriadores de Magdeburgo; mas como nada pudiesen, siendo éllos los inventores y propagadores de las nuevas opiniones para destruir las defensas de la doctrina católica, impulsaron a la Iglesia al terreno de las disputas históricas, como a un nuevo género de lucha. El ejemplo de los Centuriadores fué imitado por casi todas las Escuelas que se apartaron de la antigua doctrina, y lo que es aún más triste, también por algunos católicos de nacionalidad italiana. Y movidos por aquel propósito que dijimos, se dieron a investigar hasta los más mínimos documentos de la antigüedad, y a examinar los más ocultos rincones de los archivos; se publicaron fútiles fábulas; las calumnias cien veces refutadas, fueron otras tantas renovadas.
Con frecuencia habiendo mutilado o astutamente oscurecido los aspectos fundamentales de los hechos, supieron, con no menor astucia, pasar en silencío las gestas gloriosas y los méritos memorables, mientras se ensañaban cruelmente, persiguiendo y exagerando las menores deficiencias, tanto más difíciles de evitar, cuanto mayor es la debilidad de la naturaleza humana. Más aún, se tuvo por licito investigar hasta algunos secretos de la vida doméstica, con maliciosa sagacidad, extrayendo de allí y publicando todo aquello que era más apto para incitar el escándalo y la burla de la plebe, tan proclive a la murmuración.
Aun aquellos de entre los, Pontífices Máximos, cuya virtud fué más manifiesta, muchas veces fueron tachados de soberbios y vituperados como codiciosos y altivos. Se criticaron los consejos de aquellos otros, cuya gloria, por los hechos realizados, era imposible eclipsar, y se oyó repetir mil veces aquella necia frase, de que la Iglesia no se ha hecho digna del aprecio de los hombres cultos ni de la benevolencia de las gentes. Pero en particular los más acerados dardos de la maledicencia y de supuestos crimenes, fueron arrojados contra el principado temporal de los Romanos Pontífices, instituído no sin consejo divino para defender la libertad y majestad de éstos, habiendo sido fundado con justísimo derecho y siendo ya memorable por sus innumerables beneficios.
Fresco está aún el reciente episodio de Sicilia, en que tomando ocasión de un cruento recuerdo, fué injuriado el nombre de Nuestros predecesores y tratado con agreste crueldad en los discursos, que han quedado consignados en perennes documentos. Lo mismo acaeció poco después al tributarse honores públicos a un ciudadano de Brixen, el cual, no obstante haber sido un ingenio sedicioso y de espíritu adverso a la Sede Apostólica, fué entregado a la posteridad, como varón insigne. Entonces comenzaron a excitarse nuevamente las iras populares y a agitarse las hachas ardientes de los insultos contra los Pontífices Máximos. De ahí que si algo había digno de conmemorarse, lo cual resultase de mucha honra para la Iglesia, al destruir la luz manifiesta de la verdad todos los aguijones de las calumnias..., se trabajó de tal manera, atenuándolo y disminuyéndolo, que sólo se diese a los Pontífices una mínima parte de la alabanza y del mérito debidos.
Pero, lo que es más grave, hasta las mismas Escuelas han sido invadidas por este modo de tratar la historia. Con mucha frecuencia se obliga a los niños a aprender narraciones llenas de falsedades y engaños; con lo cual .se obtiene que, acostumbrados a esto, los alumnos (sobre todo cuando se añade la perversidad y liviandad de los maestros), fácilmente toman fastídio de la veneranda antigüedad e inverecundo desprecio por las cosas y personas más santas y dignas de respeto. Pasados los rudimentos de las letras, no es raro que aumente para ellos el peligro. Pues en el estudio y consideración de las disciplinas superiores, se pasa de la narración de los hechos a la investigación de las causas de los mismos; y de las causas, se procede a la formulación de juicios temerariamente ficticios, que con frecuencia disíenten abiertamente de la doctrina divinamente revelada, y cuyo único propósito es disimular y encubrir todo cuanto pudieron realizar las enseñanzas cristianas, én el decurso de las cosas humanas y en la sucesión de los tiempos, para provecho y salvación de los hombres. No son pocos los que han aceptado ya tales errores, mas con tan escasa crítica, que no han caído en la cuenta de las discrepancias y contradicciones que afirman, ni de las grandes tinieblas con que envuelven a la llamada Filosofía de la Historia. En un.a palabra (para no tratar de todos en particular), dirigen todo su sistema de enseñar la historia, a hacer sospechosa la Iglesia, y odiosos los Pontífices, y sobre todo a persuadir a la multitud, de que el imperio temporal de los Romanos Pontífices, daña a la incolumidad y grandeza de los asuntos de Italia.
Pero nada más falso y contrario a la verdad: causa hasta estupor el ver cómo tales acusaciones, refutadas por tantos testimonios y con tanta fuerza de argumentación, hayan podido parecer verosímiles a muchos. En realidad la historia entregó al recuerdo de la posteridad los grandes méritos del Pontificado Romano, para con Europa y en particular para con Italia, siendo esta última entre todas las demás naciones, como era más fácil y natural, la que recibió de la Sede Apostólica los mayores provechos y ventajas. De entre éstas, recordemos en primer lugar que, gracias al Pontificado, pudieron mantener incólume la concordia y evitar las disidencias en materia religiosa; bien inmenso, ciertamente, para los pueblos; quienes lo poseen, tienen en sus manos una defensa firmísima para la prosperidad pública y doméstica. Y para referirnos a algo en particular, nadie ignora que, después de saqueadas las riquezas de los Romanos, en las terribles incursiones de los bárbaros, fueron los Romanos Pontífices quienes, más que nadie, supieren resistir fortísimamente a los invasores, tanto que, gracias a su consejo y a su constancia en reprimir el furor de los enemigos, ni siquiera una vez se dió el caso de que el suelo italiano fuera castigado con la matanza y los incendios; ni la ciudad de Roma con la devastación y la muerte.
Y cuando los Emperadores de Oriente volvieron sus cuidados y pensamientos hacia otra parte, jamás, en medio de tanta soledad y pobreza, encontró Italia la defensa de sus intereses, sino en los Romanos Pontífices. La insigne caridad de éstos, ayudada por otras causas, logró atenuar en lo posible aquellas calamidades, ya a los comienzos de su principado temporal, cuya mayor gloria consistió ciertamente en haber estado siempre unido con la mayor utilidad común; pues el dispensar toda la mejor atención y benevolencia, cual lo hizo la Sede Apostólica, y el dar a los asuntos civiles la eficacia de su poder, y el cargar simultáneamente con las más grandes preocupaciones de la ciudad, es algo que merece perenne gratitud, ya que la libertad y las oportunidades necesarias, dadas por el principado civil, hicieron posible la realización de ingentes obras de todo género.
Más aún, como la conciencia de su oficio impulsase a Nuestros predecesores a defender los derechos de su imperio contra la avaricia de los enemigos, tuvieron también que rechazar no pocas veces la dominación extranjera en gran parte de Italia. Algo semejante se vió también en épocas más r recientes, cuando la Sede Apostólica no se doblegó a las armas vencedoras del máximo Emperador, sino que exigió de los Reyes aliados la devolución de todos los derechos a su principado.
Recordemos igualmente aquellas otras ventajas obtenidas por el pueblo italiano, cuando los Romanos Pontífices, con toda libertad, resistieron a la .voluntad injusta de los príncipes, y cuando aunadas por ellos las fuerzas de Europa, se opusieron con insigne fortaleza a las bárbaras acometidas de los Turcos, que amenazaban con sus continuos atropellos. Dos colosales batallas fueron emprendidas y ganadas, gracias al trabajo y a los auspicios de la Sede Apostólica, habiendo sido derrotados los enemigos del nombre italiano y católico; una en el campo de Milán, la otra junto a las islas Curzolares. La fuerza y la gloria naval de Italia continuó, por consejo de los Pontífices, las expediciones comenzadas en Palestina; y de la sabiduría de los Pontífices recibieron sus leyes, su vida y su estabilidad, las instituciones públicas del pueblo. Es también gloria de la Sede Apostólica, en gran parte, la conquistada por el nombre italiano en el terreno de las letras y de las Artes. Fácilmente habría perecido la literatura de los Romanos y Griegos, de no haber salvado como de un naufragio los restos de tantas obras, los Pontífices y los Clérigos.
Las obras realizadas en la ciudad de Roma hablan muy alto en su favor. Los nuevos Museos y las Bibliotecas que acaban de surgir, gracias al concurs6 de eminentes artífices; las Escuelas abiertas para enseñanza de la adolescencia; los grandes Liceos munificentísimamente fundados; he ahí las razones por las cuales Roma llegó a tan alta gloria, que es tenida, en la común opinión de los hombres, como la madre de las Bellas Artes. Todo esto y muchas otras cosas, son por sí mismas tan claras y evidentes, que el llamar al Pontificado o al principado temporal de los Pontífices enemigo del nombre italiano, equivale a mentir y negar las cosas más obvias y manifiestas. Engafiar a sabiendas es un proceder criminal; como también lo es el convertir a la historia en un dafíoso veneno.
Pero, mucho más reprensible es esto en hombres católicos, y aún más en los nacidos en Italia, a quienes más que a los otros, si es que tienen un corazón agradecido, debiera moverlos el honor de su religión, y el amor a la patria, no sólo a la afición, sino también a la defensa de la verdad. Pues es indigno que, mientras muchos de entre los mismos Protestantes, dotados de buen ingenio y recto juicio, han depuesto ya gran parte de sus prejuicios, e impulsados solamente por la fuerza de la verdad, no dudan en elogiar al Pontificado Romano, como portador de la cultura y de otras grandes ventajas para la República, haya muchos católicos que hagan lo contrario. Católicos, que prefieren lo adventicio en las ciencias históricas, buscan .a los escritores extraños más adversos a las instituciones católicas, y de tal manera los siguen y aprueban que rechazan a nuestros mejores historiadores, a los que supieron escribir la verdadera historia, sin apartarse por ello del amor a la patria, ni de la gratitud y amor a la Sede Apostólica.
Apenas es creíble además, cuán enorme. sea el mal de esa historia servil, que sólo rinde vasallaje a las tendencias partidarias y a los múltiples caprichos de los hombres. Porque entonces deja de ser maestra de la vida y luz de la verdad, como dijeron los antiguos con todo acierto que debiera ser, y se convierte en vil aduladora de los vicios y en vehículo de corrupción, principalmente para los jóvenes, cuyas mentes llenará de peligrosas opiniones, apartando luego sus ánimos de la honestidad y de la modestia. Pues la historia hiere con sus atractivos los prematuros y ardientes ingenios; los jóvenes asimilan con ansias y retienen profundamente grabada por mucho tiempo en el alma la imagen que se les presenta de la antigüedad, no menos que el recuerdo de los hombres que parecen revivir ante sus ojos a través de‑ la narración histórica. Y así una vez bebido, desde los tiernos años, el veneno, apenas será posible encontrar el remedio que lo neutralice, cuando ello no sea del todo imposible. Pues no es del todo fundada aquella esperanza, de que con la edad tendrán un juicio más recto, al olvidar lo que en un principio aprendieron, ya que son muy pocos los que se dedican después a profundizar concienzudamente la historia; y al llegar a la edad madura, quizá encontrarán en la vida cotidiana más motivos para confirmar que para corregir sus errores.
Por lo cual, es de urgencia impostergable salir al encuentro de tan inminente peligro, y procurar por todos los medios posibles que el arte histórico, tan noble por otra parte, no siga por más tiempo convirtiéndose, en instrumento de tan enormes males públicos y privados. Conviene que varones probos y profundamente versados en esta clase de disciplinas, trabajen de lleno en escribir la historia, con tal propósito y con tal método, que aparezca lo que es verdadero y sincero, y queden docta y oportunamente refutados los injuriosos crímenes que desde hace bastante tiempo se vienen propalando contra los Romanos Pontífices. Opóngase pues a la narración vana y sin contenido serio, el trabajo y la madurez de la investigación; a la temeridad de las afirmaciones, la prudencia del juicio; a la ligereza de opiniones, una sabia selección de argumentos.
Hay que esforzarse grandemente, por que se refuten todas las mentiras y falsedades, acudiendo para ello a las fuentes mismas de los hechos. Y deben advertir los escritores, ante todo, y. tener muy presente que, la primera ley de la historia es no atreverse a decir cosa alguna que sea falsa, y luego no temer jamás el decir lo que sea verdadero, a fin de que no haya contra el escritor sospecha alguna de afecto ni de odio (1). Es además necesario redactar textos y comentarios ‑para las Escuelas, con los que, salva la verdad y sin peligro alguno de los jóvenes adolescentes, se pueda ilustrar y aun fomentar el mismo arte histórico. Para esto, una vez terminadas las obras que requieren mayor trabajo y que habrán sido redactadas a la luz de los documentos que se tienen por ‑más ciertos, bastará después entresacar lo principal de ellas y escribirlo clara y brevemente; asunto por cierto no difícil, pero que será de gran utilidad y dignísimo por tanto de que en él se ocupe aun la ciencia de excelentes ingenios.
No es esta palestra nueva ni reciente; más aún, están marcados en ella no pocos vestigios de varones eminentes. Puesto que la Iglesia cultivó asiduamente desde un principio la ciencia histórica, propia de asuntos tanto sagrados como profanos, según el juicio de los antiguos. En medio de aquellas cruentas tempestades que sobrevinieron en los comienzos del nombre cristiano, se conservaron incólumes numerosas actas y documentos de la época. Y así, cuando brillaron tiempos más tranquilos, comenzaron a florecer en la Iglesia los estudios de los historiadores; Oriente y Occidente vió los doctos trabajos de este género, los de Eusebio Pánfilo, Teodoreto, Sócrates, Sozomeno y tantos otros. Y después de la caída del Imperio Romano, cuando la historia, como las demás artes humanas, no encontró *más refugio que los monasterios, fueron los eclesiásticos los únicos que la cultivaron. De tal manera que si los religiosos no hubiesen pensado en escribir los anales, apenas tendríamos noticias de un largo período de la historia,
(1) Según la frase de Cicerón: "primam esse historiac legem no quid falsi dicere audeat: deinde no quid veri non audeat; no qua suspicio gratiao sit in seribendo, no qua simultatis".
ni aun siquiera de las cosas civiles. De los más recientes, baste conmemorar n aquellos dos escritores que nadie ha superado: Baronio y Muratori primero juntó a una increíble erudición, la fuerza de su ingenio y la sutileza de su juicio; el segundo, aunque en sus escritos se encuentran "muchas cosas dignas de censura" (2), con todo reunió tanto material de documentos para ilustrar los hechos y vicisitudes de Italia, que nadie lo ha superado hasta ahora. Muchos otros esclarecidos y grandes varones pudieran fácilmente afiadirse a éstos, entre quienes Nos es muy grato recordar al Card. Angel Mai, gloria y ornamento de vuestro noble Orden.
El gran Doctor de la Iglesia, San Agustín, excogitó antes que nadie y llevó a cabo el arte filosófico de la historia. Los posteriores que en este punto realizaron algo digno de mención, tuvieron al mismo Agustín como maestro y guía, con cuyos comentarios y escritos cultivaron diligentemente su ingenio. A los que, por el contrario, se apartaron de las huellas trazadas por tan esclarecido varón, los alejó también de la verdad una multitud de errores, pues distraídos sus espíritus en los caminos y bullicios de las ciudades, carecieron de aquella verdadera ciencia de las causas, en que están contenidas las cosas humanas.
Por tanto, si la Iglesia, en el recuerdo de todos, mereció siempre bien de las ciencias históricas, merézcalo también ahora, ya que a conquistar Igual gloria la impelen las mismas circunstancias de los tiempos. Pues como sus enemigos suelen buscar en la historia, según ya dijimos, las hostiles flechas que han de dirigir contra la Iglesia, es necesario que ella pelee con las mismas armas y que por donde es más furiosamente atacada por allí se fortifique con mayor empeño, para rechazar los ataques.
Con esta intención dijimos en otra oportunidad que Nuestros Archivos estaban abiertos, en cuanto se puede, para proveer de armas a la religión y a las buenas artes; y hoy igualmente decretamos que preste todos los oportunos auxilios nuestra Biblioteca Vaticana para realizar las obras históricas de que hablamos. No dudamos, Amados Hijos Nuestros, que la autoridad de vuestro oficio y el prestigio de vuestros méritos, fácilmente atraerá a vuestro alrededor varones doctos y experimentados en el arte de la historia, a quienes muy bien podréis asignar su determinado trabajo, según las habilidades de cada uno, conforme a leyes concretas que han de ser sancionadas por Nuestra autoridad. A cuantos unirán su estudio y su trabajo con el vuestro en esta causa, mandamos ‑estar con ánimo sereno y tranquilo, y confiar en Nuestra singular benevolencia; pues se hace una cosa digna de nuestras aficiones y patrocinio; la cual, ciertamente, tenemos grandes esperanzas que ha de ser de verdadera utilidad.
Pero para probar con firmes argumentos, es necesario desprenderse del deseo de imponer la propia opinión; la verdad, por sí misma, superará y quebrantará los ataques, desde tiempo ‑ha dirigidos contra la misma verdad, la cual podrá ser obscurecida por algún tiempo, pero no extinguida.
(2) Benedicto XIV. Carta del 31 de Julio de 1748 al Supremo Inquisidor de España.
Y ojalá se exciten cuantos más sea posible con el deseo de investigar la verdad, y así descubran útiles documentos para el futuro. Pues en cierta manera clama toda la historia, que es Dios quien rige providentisimamente los diversos y perpetuos movimientos de las cosas humanas, y que, El los convierte, aun en contra de la voluntad de los hombres en incremento de su Iglesia. Clama igualmente que siempre salió vencedor el Pontificado Romano do las luchas y de la violencia; que sus impugnadores, perdida toda esperanza, se prepararon su propia perdición. Ni menos abiertamente atestigua la historia que fue previsto por el cielo, ya desde un principio, lo que llegaría a ser la ciudad de Roma, esto es: domicilio y sede perpetua de los sucesores de S. Pedro, que desde allí, como de un centro, gobernarían a la universal República cristiana, no sujetos a ninguna potestad. Y que nadie se atrevió a rechazar esta determinación de la divina Providencia, sin que tarde o temprano sintiese ser vanos sus intentos.
Esto es lo que se puede contemplar, como colocado en un ilustre monumento, confirmado por el testimonio de 20 siglos; ni hay que pensar que lo que vendrá en lo futuro, será distinto de lo pretérito. Ahora, ciertamente, se atreven a dirigir toda clase de hostilidades, contra el Pontificado Romano, las poderosas sectas de los enemigos de Dios y de su Iglesia, llevando la guerra contra su misma Sede. Con lo cual pretenden debilitar las fuerzas‑y disminuir la sagrada potestad de los Romanos Pontífices; más aún, suprimir si posible fuera, el mismo Pontificado.
Las cosas que aquí pasaron después de la caída de la Urbe, y las que actualmente pasan no permiten dudar acerca de las intenciones que llevaban los que se presentaron como los constructores y directores de los asuntos públicos. A estos se plegaron muchos otros, tal vez no con la misma intención, pero sí con deseos de levantar y engrandecer la República. Así creció el número de los que luchaban contra la Sede Apostólica; y el Romano Pontífice cayó en aquella mísera condición que los católicos unánimemente deploran. Pero a aquellos les sobrevendrá lo mismo que a sus predecesores, quienes venían con el mismo propósito y con igual audacia.
Por lo que toca a los italianos, esta vehemente lucha contra la Sede Apostólica, que injuriosa y temerariamente han comenzado, ha de acarrearles ingentes daños, tanto dentro como fuera del país. Para excitar los ánimos de la multitud y enajenar sus voluntades, se ha dicho que el Pontificado se opone a la prosperidad de Italia. Pero todo lo que arriba dejamos dicho, refuta suficientemente toda esta inicua y tonta recriminación. A pesar de todo, el Pontificado será para los ciudadanos italianos en lo venidero, lo mismo que fue antes: benévolo y saludable; porque ésta es su constante e inmutable naturaleza: merecer bien y ser de provecho para todos. Por esto, no es propio de hombres que buscan el provecho público, privar a Italia de esta máxima fuente de beneficios; ni es digno de los italianos unir su causa a la de aquellos que en ninguna otra cosa piensan, si no es en la perdición de la Iglesia.
Del mismo modo, no conviene ni es prudente consejo el luchar contra aquella potestad, de cuya perpetuidad sale fiador el mismo Dios, y cuyo testigo es la historia; y como la veneran religiosamente los católicos de todo el orbe, importa a los ciudadanos de Italia el defenderla con todo género de cuidados; es asimismo necesario que la reconozcan y estimen los magistrados de las naciones, principalmente en estos tiempos tan azarosos, cuando hasta los mismos fundamentos en que se basa la sociedad humana parecen vacilar. Si, pues, todos aquellos en quienes hay un verdadero amor a la patria, entendiesen y penetrasen la verdad,’ debieran poner su cuidado y esmero, en remover principalmente las causas de esta funesta discordia, y satisfacer, como es justo, a la Iglesia católica que tan razonablemente pide y solicita sus derechos.
Finalmente, nada deseamos más intensamente que cuanto hemos recordado, as! corno queda consignado en documento escrito, así se adhiera profundamente en los ánimos de los hombres. En lo cual, propio es de vosotros, Hijos Nuestros muy amados, poner cuanto mayor, cuidado e industria os sean posibles. Para que vuestro trabajo, pues, y el de aquellos que con vosotros trabajaren sea más fecundo, amantísimamente os impartimos en el Señor la bendición apostólica, para vosotros y para ellos, como augurio de celeste protección.
LEON PP XIII
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A MONS. WALTER BRANDMÜLLER, PRESIDENTE DEL COMITÉ PONTIFICIO DE CIENCIAS HISTÓRICAS

Al reverendo monseñor, WALTER BRANDMÜLLER, Presidente del Comité pontificio de ciencias históricas
1. La Iglesia de Cristo tiene con respecto al hombre una responsabilidad que, en cierto modo, abarca todas las dimensiones de su existencia. Por eso, siempre se ha sentido comprometida en la promoción del desarrollo de la cultura humana, favoreciendo la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza, para que el hombre corresponda cada vez más a la idea creadora de Dios.
Con este fin, también es importante el cultivo de un serio conocimiento histórico de los diversos campos en los que se articula la vida de los individuos y de las comunidades. No existe nada más inconsistente que hombres o grupos sin historia. La ignorancia del propio pasado lleva fatalmente a la crisis y a la pérdida de identidad de los individuos y de las comunidades.
2. El estudioso creyente sabe también que posee en las sagradas Escrituras de la antigua y la nueva alianza una clave ulterior de lectura con vistas a un adecuado conocimiento del hombre y del mundo. En efecto, en el mensaje bíblico se conoce la historia humana en sus implicaciones más profundas: la creación, la tragedia del pecado y la redención. Así se define el verdadero horizonte de interpretación, dentro del cual pueden situarse los acontecimientos, los procesos y las figuras de la historia en su significado más recóndito.
En este contexto también hay que indicar las posibilidades que un marco histórico renovado puede ofrecer a una convivencia armoniosa de los pueblos, sostenida por una comprensión mutua y un intercambio recíproco de las respectivas realizaciones culturales. Una investigación histórica sin prejuicios y vinculada únicamente a la documentación científica desempeña un papel insustituible para derribar las barreras existentes entre los pueblos. En efecto, a menudo, a lo largo de los siglos se han levantado grandes barreras a causa de la parcialidad de la historiografía y del resentimiento recíproco. Como consecuencia, aún hoy persisten incomprensiones que son un obstáculo para la paz y la fraternidad entre los hombres y los pueblos.
La aspiración más reciente a superar los confines de la historiografía nacional, para llegar a una visión ensanchada a contextos geográficos y culturales más amplios, podría constituir una gran ayuda, porque aseguraría una mirada comparativa sobre los acontecimientos, permitiendo una valoración más equilibrada de los mismos.
3. La revelación de Dios a los hombres tuvo lugar en el espacio y en el tiempo. Su momento culminante, la encarnación del Verbo divino y su nacimiento de la Virgen María en la ciudad de David bajo el rey Herodes el Grande, fue un acontecimiento histórico: Dios entró en la historia humana. Por eso, contamos los años de nuestra historia partiendo del nacimiento de Cristo.
También la fundación de la Iglesia, a través de la cual él quiso transmitir, después de su resurrección y su ascensión, el fruto de la redención a la humanidad, es un acontecimiento histórico. La Iglesia misma es un fenómeno histórico y, por tanto, un objeto eminente de la ciencia histórica. Numerosos estudiosos, algunos de los cuales ni siquiera pertenecen a la Iglesia católica, le han dedicado su interés, dando una importante contribución a la elaboración de sus vicisitudes terrenas.
4. La finalidad esencial de la Iglesia no sólo consiste en la glorificación de la santísima Trinidad, sino también en transmitir los bienes salvíficos confiados por Jesucristo a los Apóstoles -su Evangelio y sus sacramentos- a cada generación de la humanidad, necesitada de la verdad y de la salvación. Precisamente este recibir del Señor y transmitir a los hombres la salvación es el modo como la Iglesia se realiza y se perfecciona a lo largo de la historia.
Dado que este proceso de transmisión, cuando se desarrolla a través de los órganos legítimos, está guiado por el Espíritu Santo conforme a la promesa de Jesucristo, adquiere un significado teológico, sobrenatural. Por tanto, cuanto se ha verificado a lo largo de la historia en lo que atañe al desarrollo de la doctrina, de la vida sacramental y del ordenamiento de la Iglesia, en sintonía con la tradición apostólica, debe considerarse como su evolución orgánica. Por eso, la historia de la Iglesia se manifiesta como el lugar oportuno al que es preciso acudir para conocer mejor la verdad misma de la fe.
5. Por su parte, la Santa Sede siempre ha estimulado las ciencias históricas a través de sus instituciones científicas, como lo testimonia, entre otras cosas, la fundación, realizada hace cincuenta años por obra del Papa Pío XII, de ese Comité pontificio de ciencias históricas.
En efecto, la Iglesia está muy interesada en un conocimiento cada vez más profundo de su historia. Con este fin, hoy se necesita, más que nunca, una enseñanza esmerada de las disciplinas histórico-eclesiásticas, sobre todo para los candidatos al sacerdocio, como recomendó el decreto Optatam totius del concilio Vaticano II (cf. n. 16). Sin embargo, para aplicarse con éxito al estudio de la tradición eclesiástica, son absolutamente indispensables unos conocimientos sólidos de las lenguas latina y griega, sin los cuales no se puede acceder a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su auxilio es posible redescubrir también hoy la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha ido acumulando durante los dos mil años transcurridos.
6. La historia enseña que en el pasado, cada vez que se adquiría un nuevo conocimiento de las fuentes, se ponían las bases para un nuevo florecimiento de la vida eclesial. Si "historia, magistra vitae", como afirma la antigua expresión latina, la historia de la Iglesia bien puede definirse "magistra vitae christianae".
Por tanto, deseo que el actual congreso dé un nuevo impulso a los estudios históricos. Esto asegurará a las nuevas generaciones un conocimiento cada vez más profundo del misterio de la salvación operante en el tiempo, y suscitará en un número de fieles cada vez mayor el deseo de tomar a manos llenas de las fuentes de la gracia de Cristo.
Con estos deseos, le envío a usted, monseñor, a los relatores y a los participantes en el congreso, mi afectuosa bendición.
Vaticano, 16 de abril de 2004
